Una mariposa aletea en un extremo de nuestro planeta, y la hoja que ha hecho volar propicia un encontronazo.
Inauditas casualidades, encuentros sorprendentes, miradas que propician
acercamientos, intensos momentos, tropiezos inesperados... la vida está
repleta de situaciones que nos ponen contra las cuerdas, o que nos dan
metros para que avancemos, comprendamos la situación ante la que nos
hallamos y actuemos en consecuencia.

Van Dormael, partiendo de una base tan suculenta, y alejándose de
propuestas que resultaban mucho más sencillas en su fondo (así sucedía
en "Totó el héroe"), pero tremendamente efectivas y emotivas, aunque
guardando todavía ciertas similitudes (tanto narrativas como en la
construcción de ciertos personajes), logra que no sólo la base de "Mr.
Nobody" sea suculenta, y nos regala una de esas preciosas películas por
las que es tan fácil dejarse llevar y caer rendidos ante sus virtudes,
componiendo un mosaico tan bello como caótico por momentos.
Caótica sería una de las múltiples palabras que podrían definir "Mr.
Nobody", y no sé si la más acertada, pero desde un arranque atípico, en
el que una conversación entre su protagonista y un doctor se sucede con
extraños saltos de eje que enrarecen la atmósfera y la presentación, ese
término es, sin duda, clave.
A partir de ahí, Van Dormael va presentando la vida de Nemo Nobody, un
ser que se encuentra en una circunstancia del todo sorprendente: es el
único hombre mortal sobre la tierra y, a sus 118 años ha sorprendido y
se ha visto sorprendido al comprender que, sin saber cómo, su vida ya ha
pasado, y se halla en una sala desmenuzando fragmentos sobre la misma.
Fragmentos inconclusos, distintos, que no encajan... fragmentos de una
vida en la que el amor, la tristeza pero, sobre todo, la vivacidad de
unas situaciones que la hicieron irremediablemente palpitante, no
parecen encontrar su lugar, pero si las distintas sensaciones que la
plagaron.
Los fragmentos pasan y pasan, se entremezclan unos con otros y quizá una
de las mejores cuestiones lanzadas dentro de un film tan evocador en
si, es la de si merece realmente la pena esperar: Van Dormael deja caer
esa cuestión como si nada, y logra que ese tramo se impregne con cierto
poso optimista, dejando entre tantas idas y venidas, entre tantas
despedidas y momentos agrios, que sea su personaje el que se acoja a una
posibilidad que, sencillamente, le da alas. A él, y a cualquier
espectador que tras una cinta que le zarandea y remueve entre unas
sensaciones y otras durante dos horas, también busca un pequeño remanso
en el que pararse y pensar que la elección más fácil y cercana, no
siempre fue la mejor, pero puede que el futuro depare cosas todavía
mejores.